viernes, 8 de abril de 2016

En la izquierda están los sueños


Alquilábamos un PH en Almagro. Tres ambientes, un dormitorio para Macarena y para mí y otro para el bebé.
El departamento no estaba mal, era algo viejo pero se mantenía en buenas condiciones, cañerías, sanitarios, termo tanque, calefactor, todo funcionando, se notaba que había sido bien cuidado por los inquilinos anteriores. Yo me proponía hacer lo mismo. Las paredes me quedaron a medio pintar. No es que estuvieran muy sucias o rotas, solo que deseaba verlas en un color más claro, casi blancas, pero me quede sin pintura. El tiempo para esas cosas era el fin de semana, hacía tres meses que le había errado en el cálculo y desde entonces que no había continuado.
Cuando nos mudamos allí, Maca aún no estaba embarazada, pero nosotros queríamos chicos así que buscamos algo con un dormitorio extra, para lo que viniera. El pasillo desde la calle hasta mi puerta era bastante largo, feo para días de lluvia, pero eso no era tan importante considerando las ventajas que tenía estar ubicado bastante cerca de mi trabajo. Al entrar al ambiente principal la casa daba una impresión agradable gracias  a mis muebles de algarrobo, a muchos almohadones grandes y cómodos, y a la abundante luz. De día, por ventanas grandes que daban a un pequeño terreno (hasta tenía un pino), y de noche por focos potentes que había puesto en todas las lámparas.
Al llegar a la mitad del comedor, girando a la izquierda y pegado al baño, era la habitación de Ezequiel. En la izquierda están los sueños, las esperanzas, los ideales.
No teníamos grandes lujos, Maca se quedaba en casa cuidando a Eze, así que solo yo trabajaba, como programador de computadoras en una empresa de servicios.  Lo máximo que nos permitimos tener fue un Citroën C4 gracias al apoyo de mi viejo, en realidad me dio casi todo el dinero, lo usaba  para ir al trabajo pero también nos servía como un ahorro ya que algún día llegaría la casa y el auto sería el trampolín. No exagero si digo que lo cuidaba tanto como a Eze, más de una noche me iba hasta el garaje para saber que aún estaba ahí y que no era solo un sueño.
El día a día era una lucha, pero yo seguía enamorado de Maca y ver su sonrisa  junto al bebé era un regalo que jamás pensé encontrar. Me transmitía paz,  una paz que impregnaba hasta el aire que respiraba y me duraba por horas. No sé explicarlo, por dentro me daban ganas de llorar y reír al mismo tiempo, o de comer un helado de dulce de leche. Es difícil de entender.
Por el fondo del comedor y a través de una arcada con una puerta corrediza, se entraba a la cocina,  como si fuera una L, era amplia para lo que se veía normalmente para alquilar, pero claro, la construcción original tenía muchos años.  Ésta terminaba en  otra puerta, metálica, que daba a un patio interno con unas escaleras por las que se subía a la terraza. Allí colocamos el lavarropas, secarropas, mis herramientas, una bordeadora, y montones de cosas acomodadas en tres estanterías. Son muchas las  que se juntan en el tiempo luego de haber hecho varias mudanzas. Allí fueron a parar desde mis recuerdos de soltero hasta montones de frascos con clavos y tornillos.  Un sifón Drago que recibimos de regalo de bodas y que dejamos de usar el primer año de casados,  cinta pasa cables,  ocho botellas de  cerveza vacías y en aumento,  una máquina de coser, y más, más y más. Además, hacia el costado y bajo las escaleras había un gran espacio parcialmente ocupado por un par de muebles que no usábamos y una bolsa grande de papas ya que nos gustaba mucho las fritas. Sin embargo, la bolsa y los muebles ocultaban un gran espacio vacío detrás.
Desde el patio se podía observar las ventanas y balcones de varios departamentos que coincidían en aquel espacio interior, y si subía ocho escalones hacia la terraza, ya se podía ver los patios de otros departamentos y todavía más allá. Era mucha gente para observar. Yo no hablaba con nadie.
Atrás, en un departamento idéntico al nuestro vivía un electricista, era obvio, al subir a la terraza se veía que el espacio que tenía bajo las escaleras lo saturaba por completó todo tipo de rollos de cables, también cosas como canaletas plásticas de largo y tamaños diferentes. Nuestras terraza se comunicaban con muchas otras, solo saltar un caño o una pared baja, luego más techos y cumbreras y otra vez terrazas.
Muchas mañanas veía al electricista en ropa de trabajo sacar de su patio herramientas y cables, o me lo cruzaba cargándolas en su camioneta.
Los sábados me levantaba más tarde, pero salía enseguida a comprar algo para el mate,  entonces escuchaba tocar un saxofón desde el primer departamento al salir al pasillo. Músico.
De los balcones del edificio que teníamos pegado, los que se veían desde el patio, podía encontrar todo tipo de gente a distintas horas. Limpiando, cocinando, regando las plantas. A veces solo salían a tomar el aire y mirar. Dos pisos sobre mi cabeza vivía una prostituta de nombre Francisca, yo le llamaba así aunque no sabía en verdad su nombre y jamás le hablé para preguntarle. Supuse que era prostituta por los comentarios de Maca. Cada vez que tendía la ropa, tres cordeles de tres metros, tenía sus tetas al aire, salía sin nada arriba o con alguna prenda que provocaba que quedaran fuera. Tenía unas tetas hermosas, grandes y macizas, de pezones amplios y gordos. Yo me quedaba embelesado observando  sus tetas todo el tiempo que utilizaba para colgar la ropa, no es que me faltara algo en casa, de hecho me sobraba, solo me gustaba mirarlas. Y a ella no le molestaba, por lo menos nunca lo demostró. Usaba siempre el mismo ritmo, como un ritual de iglesia, de atrás hacia adelante y de izquierda a derecha, de tal forma que todo el tiempo sus pechos eran visibles para mi mirada. Me imaginaba jugando con ellos en mi boca, dejando correr la saliva de uno a otro, golpeando suavemente mi lengua contra ellos, besando, lamiendo.
Por culpa de esas tetas pasaba demasiado tiempo en el patio, aunque Maca no parecía demasiado celosa. “Es como una vidriera- me dijo una vez- Se mira y no se toca”. De noche salía solo para ver si colgaba algo extra, aunque no lo hacía, entonces encontraba muchas ventanas con luces, gente cocinando, mujeres planchando y discusiones entre marido y mujer. Un bigotudo que llamé Carlos, no me pregunten porqué, salía a fumar cigarrillos por la ventana de un séptimo piso, o le habían prohibido el faso y no quería que lo descubrieran fumando o era un loco por el aire frio de la noche.
Maca había dejado de trabajar a los tres meses de embarazo y si bien el bebé le llevaba mucho tiempo y atención, aún le sobraba tiempo para la casa, las compras y la cocina. Le gustaba mucho cocinar. Por las noches yo disfrutaba de sus platos, deliciosos, hasta el aire que enmarcaba las ollas y sartenes  era para comerse. Antes que naciera Eze ella había recorrido la ciudad buscando especias y raíces que ahora usaba mezclando y probando, siempre rico,  no importaba que fuera algo simple. Las comidas tenían su toque especial, algo que solo le pertenecía a ella.  Así que la cena era un momento de disfrutar para los dos, yo me olvidaba por completo de todo, de los problemas, de lo mal que me hubiera ido en el trabajo, o lo bien, el trabajo quedaba atrás y podíamos hablar de nosotros dos, relajados, con una buena botella de vino si se podía y de lo contrario no importaba, lo bueno era estar juntos. Hablar de planes, de sueños y mirarse a los ojos y sentir el aroma de la comida al llevarla a la boca. Las noches eran generosas con nosotros.
Sin embargo hubo una diferente, mala.
Apenas empezando los preparativos de la cena.
-Algo se mueve cerca de la bolsa de papas.- Me dijo Maca asustada y nerviosa.
-Debe ser una laucha, o una rata.
-Andá y fijate.- se echó aún más para atrás. Sus cabelos cortos me pareció que se ponían de punta.
Al principio no vi nada, pero cuando le pegué una patada a la bolsa aparecieron unos pies y luego la figura de un hombre, se levantó y salió del agujero hasta quedar muy cerca de mí, apenas un metro. Me tiré instintivamente hacia un costado contra la pared. Era alto y de pelo rubio, probablemente tendría más de treinta años. Estaba mal vestido para mi gusto.
-¿Qué querés?
No respondió. Se quedó parado con un dedo en la boca, casi sonriendo y con la mirada perdida hacia arriba. No era una mirada pasada de droga, esa la conozco, ésta era…cómica. Como de un chico jugando a la mancha.
-¿Qué querés? ¿Qué hacés acá?
Se quedó quieto y sin responder por unos segundos, mirando en diferentes direcciones, siempre con la misma mirada entre graciosa y extraviada, aguardando, como si hubiera despertado de un viaje muy largo, sin saber en qué aeropuerto había aterrizado.
-¿Me creerías si te dijera que no lo sé?
No respondí. Pensé que estaba loco, y no supe cómo seguir o qué hacer.
En ese momento se empezaron a escuchar gritos y gente que corría por los techos. El extraño se asustó y la cara le cambió despertando desde el sitio donde había quedado, me miró y empezó a sudar. No podía creerlo, nadie puede empezar a transpirar tan rápido. Voces, gritos y más pies en carrera.
Se metió en la casa atropellando todo a su paso, tropezó con las banquetas y las pateó lejos, tiró un florero al entrar al comedor. En ese segundo Ezequiel empezó a llorar y él siguió el sonido con la vista, se dirigió allí con tres pasos largos, yo grité. Maca gritó.  Su “NO” le brotó desde las entrañas. Pensé que el hombre se iba a tirar atrás de la cuna tomándolo como rehén y luego a nosotros, una mano en su bolsillo. Sacaría su arma. Tal vez nos golpearía, tal vez llegaran más extraños, tal vez nos mataran.
Nunca había sentido tanto miedo tan rápido.
Pudo haber sido el grito de Macarena o la vista del bebe llorando  o la cuna hecha a mano con sus juguetes o  miedo. O remordimientos.
Sus pasos retrocedieron volviendo a golpear las cosas al pasar, el teléfono cayó al piso y amagó a levantarlo pero no lo hizo, luego corrió hasta el patio conmigo detrás. Allí no había nadie pero al subir los primeros escalones otro hombre saltó del techó de mi cocina y quedó de pie con las rodillas flexionadas. Era grueso hasta en los tobillos y de espaldas anchas, pelo muy oscuro y los ojos vidriosos. Se puso de pie, en un acto tonto yo me adelanté tapando la entrada hacia las escaleras para permitirle escapar. No sé por qué lo hice. Esos segundos le dieron al extraño el tiempo necesario para echarse a correr hacia la terraza y los demás techos, el otro me empujó con fuerza contras las estanterías de las que cayeron frascos de clavos  que se rompieron al tocar el suelo, yo caí contra ellos, el segundo hombre  se fue detrás pero había perdido la sorpresa y la ventaja. Me levanté y entré a la casa. Macarena empezó a preguntar.
-Qué…-
No le di tiempo.
Esa noche hice varias cosas que nunca supe explicar el motivo o qué me impulso a hacerlas. Como haber tomado las llaves y salir corriendo hacia a la calle. Me encontré con que había mucho tránsito y  gente parada que miraba hacia arriba, seguí sus miradas y descubrí a los dos hombres que entraron en  mi casa y a otros que los seguían corriendo por detrás. Apenas tomé aliento saltaron desde los paredones descascarados de mi vecino hasta las veredas rotas y salpicadas de agua. El perseguido logró un par de segundos extras y salió disparado hacia la esquina,  serían unos veinte metros, dobló y luego  todos se perdieron con él. No reaccioné de inmediato. Me quedé respirando el aire helado, mirando mi pantalón roto que me había salvado la carne de los vidrios rotos del patio, tengo el pelo corto y mis dedos hicieron un esfuerzo en peinarlos,  luego caminé hasta la esquina y doblé en la misma dirección. No había ni rastros, proseguí hasta la siguiente esquina pero no vi nada más. Así que volví. Un par de carteles luminosos titilaban por los tubos gastados, sucios azules que iluminaban poco y nada pero eran negocios que conocía de memoria así que ni me molesté en mirar. Atrás quedaron el kiosco de Roly, la panadería “Los naranjos” y luego la ferretería sin nombre. Era solo “Ferretería”, de cartel metálico amarillo, que alguien me explique porqué les gusta tanto ese color a los ferreteros. Los árboles estaban pelados y las únicas visitas que acudían a ellos eran los perros de la calle, abundaba la basura y las baldosa rotas. El asfalto de la calle no estaba mejor. Pero era mi calle y mi barrio y pese a todo, lo quería.
Me faltaban pocos metros para el pasillo, a mis espaldas sentí otra vez los gritos con las mismas voces, me di vuelta para encontrarme con todos a la carrera. Me pasaron en un segundo, esta vez no perdí tiempo y los seguí, una cuadra, a la derecha, otra más y a la derecha, dos más y a la derecha. Me llevaban como cien metros de distancia cuando pude ver que por fin lo atraparon, alcancé a ver el lugar en que se metieron. Al llegar al sitio, encontré que la puerta estaba abierta y pude oír los insultos y más gritos. Respiré profundo y entré.
Era un gran quincho con la parrilla al fondo, algunas mesas y sillas y adornos de campo en las paredes,  un techo de ladrillos rojos a la vista y nada más. Las puteadas venían desde una habitación a la derecha, a la que se entraba por una abertura sucia y de paredes agrietadas. Lo peor siempre viene desde la derecha, pensé.
-Vos te creías hijo de puta que te ibas a salir con la tuya…
Estaba acorralado contra una pared con cinco rodeándolo, ya tenía la camisa rota y le faltaba una zapatilla
-¡Dáme la guita puto! Voló una trompada hacia su cara, no alcanzó a decir nada. Otro le pegó en el estómago pero no cayó, solo se dobló.
-¡Ya!
-No…No la tengo.
El primero le pegó con fuerza en la cara y luego en la ingle hasta tirarlo al piso. Luego los demás lo siguieron, pateándole el cuerpo en todos lados y puteándolo.
-¡La concha de tu madre, te vamos a sacar la guita reverendo hijo de puta! Zorete y la puta que te pario… ¡Tomá!
Los otros repetían como en un coro, excitados, hambrientos. Cada patada era una tira de asado y un vaso de Coca con Fernet, cada puteada un vaso más de vino. Después de la tercer patada ya ni siquiera podía gritar, ellos continuaban pateando y escupiendo y el cuerpo, o lo que fuera,  se movía más por la patadas que por el dueño, la sangre empezó a manchar todo el piso. Salía de todos lados, roja y sucia como en un matadero. Volaron sus dientes con pedazos de boca, un olor a inodoro repleto, a vomitada aún caliente empezó a llegarme  desde el rincón. Pobre tipo…
La imagen era cada vez más desagradable, de locura y sangre. Olores punzantes.
Llegué a imaginarme la escena como una comida  gigantesca, una paella enorme, como las que veía en el puerto de Mar del Plata para el día del pescador, de arroz amarillo y picantes rojos de sangre, cubierta de trozos de carne humana en vez de bichos del mar. De sabor dulce por la sangre pero amargo por excrementos. En la paellera se abría su cuerpo, salían sus entrañas, la sangre, los colores.
La imagen me produjo tanto asco que tuve que salir corriendo, corrí hasta que no pude más, y en un árbol cualquiera vomité hasta lo que no tenía. Luego volví a casa caminando despacio, sin nada en la boca ni en la cabeza. Vaciá. Con frío.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que entré en el departamento, aún sentía el estómago al revés. La cara de Macarena era de miedo, sin color.
-¿Qué pasó?-

-Nada, no lo sé. No los alcancé- Y me fui a buscar los sueños de Ezequiel.