Alquilábamos un PH en Almagro. Tres ambientes, un dormitorio
para Macarena y para mí y otro para el bebé.
El departamento no estaba mal, era algo viejo pero se
mantenía en buenas condiciones, cañerías, sanitarios, termo tanque, calefactor,
todo funcionando, se notaba que había sido bien cuidado por los inquilinos
anteriores. Yo me proponía hacer lo mismo. Las paredes me quedaron a medio
pintar. No es que estuvieran muy sucias o rotas, solo que deseaba verlas en un
color más claro, casi blancas, pero me quede sin pintura. El tiempo para esas
cosas era el fin de semana, hacía tres meses que le había errado en el cálculo
y desde entonces que no había continuado.
Cuando nos mudamos allí, Maca aún no estaba embarazada, pero
nosotros queríamos chicos así que buscamos algo con un dormitorio extra, para
lo que viniera. El pasillo desde la calle hasta mi puerta era bastante largo,
feo para días de lluvia, pero eso no era tan importante considerando las
ventajas que tenía estar ubicado bastante cerca de mi trabajo. Al entrar al
ambiente principal la casa daba una impresión agradable gracias a mis muebles de algarrobo, a muchos
almohadones grandes y cómodos, y a la abundante luz. De día, por ventanas
grandes que daban a un pequeño terreno (hasta tenía un pino), y de noche por
focos potentes que había puesto en todas las lámparas.
Al llegar a la mitad del comedor, girando a la izquierda y
pegado al baño, era la habitación de Ezequiel. En la izquierda están los
sueños, las esperanzas, los ideales.
No teníamos grandes lujos, Maca se quedaba en casa cuidando
a Eze, así que solo yo trabajaba, como programador de computadoras en una
empresa de servicios. Lo máximo que nos
permitimos tener fue un Citroën C4 gracias al apoyo de mi viejo, en realidad me
dio casi todo el dinero, lo usaba para
ir al trabajo pero también nos servía como un ahorro ya que algún día llegaría
la casa y el auto sería el trampolín. No exagero si digo que lo cuidaba tanto
como a Eze, más de una noche me iba hasta el garaje para saber que aún estaba
ahí y que no era solo un sueño.
El día a día era una lucha, pero yo seguía enamorado de Maca
y ver su sonrisa junto al bebé era un
regalo que jamás pensé encontrar. Me transmitía paz, una paz que impregnaba hasta el aire que
respiraba y me duraba por horas. No sé explicarlo, por dentro me daban ganas de
llorar y reír al mismo tiempo, o de comer un helado de dulce de leche. Es
difícil de entender.
Por el fondo del comedor y a través de una arcada con una
puerta corrediza, se entraba a la cocina, como si fuera una L, era amplia para lo que se
veía normalmente para alquilar, pero claro, la construcción original tenía
muchos años. Ésta terminaba en otra puerta, metálica, que daba a un patio
interno con unas escaleras por las que se subía a la terraza. Allí colocamos el
lavarropas, secarropas, mis herramientas, una bordeadora, y montones de cosas
acomodadas en tres estanterías. Son muchas las que se juntan en el tiempo luego de haber
hecho varias mudanzas. Allí fueron a parar desde mis recuerdos de soltero hasta
montones de frascos con clavos y tornillos.
Un sifón Drago que recibimos de regalo de bodas y que dejamos de usar el
primer año de casados, cinta pasa
cables, ocho botellas de cerveza vacías y en aumento, una máquina de coser, y más, más y más.
Además, hacia el costado y bajo las escaleras había un gran espacio
parcialmente ocupado por un par de muebles que no usábamos y una bolsa grande
de papas ya que nos gustaba mucho las fritas. Sin embargo, la bolsa y los
muebles ocultaban un gran espacio vacío detrás.
Desde el patio se podía observar las ventanas y balcones de
varios departamentos que coincidían en aquel espacio interior, y si subía ocho
escalones hacia la terraza, ya se podía ver los patios de otros departamentos y
todavía más allá. Era mucha gente para observar. Yo no hablaba con nadie.
Atrás, en un departamento idéntico al nuestro vivía un
electricista, era obvio, al subir a la terraza se veía que el espacio que tenía
bajo las escaleras lo saturaba por completó todo tipo de rollos de cables,
también cosas como canaletas plásticas de largo y tamaños diferentes. Nuestras terraza
se comunicaban con muchas otras, solo saltar un caño o una pared baja, luego
más techos y cumbreras y otra vez terrazas.
Muchas mañanas veía al electricista en ropa de trabajo sacar
de su patio herramientas y cables, o me lo cruzaba cargándolas en su camioneta.
Los sábados me levantaba más tarde, pero salía enseguida a
comprar algo para el mate, entonces escuchaba
tocar un saxofón desde el primer departamento al salir al pasillo. Músico.
De los balcones del edificio que teníamos pegado, los que se
veían desde el patio, podía encontrar todo tipo de gente a distintas horas.
Limpiando, cocinando, regando las plantas. A veces solo salían a tomar el aire
y mirar. Dos pisos sobre mi cabeza vivía una prostituta de nombre Francisca, yo
le llamaba así aunque no sabía en verdad su nombre y jamás le hablé para
preguntarle. Supuse que era prostituta por los comentarios de Maca. Cada vez
que tendía la ropa, tres cordeles de tres metros, tenía sus tetas al aire,
salía sin nada arriba o con alguna prenda que provocaba que quedaran fuera.
Tenía unas tetas hermosas, grandes y macizas, de pezones amplios y gordos. Yo
me quedaba embelesado observando sus
tetas todo el tiempo que utilizaba para colgar la ropa, no es que me faltara
algo en casa, de hecho me sobraba, solo me gustaba mirarlas. Y a ella no le
molestaba, por lo menos nunca lo demostró. Usaba siempre el mismo ritmo, como
un ritual de iglesia, de atrás hacia adelante y de izquierda a derecha, de tal
forma que todo el tiempo sus pechos eran visibles para mi mirada. Me imaginaba
jugando con ellos en mi boca, dejando correr la saliva de uno a otro, golpeando
suavemente mi lengua contra ellos, besando, lamiendo.
Por culpa de esas tetas pasaba demasiado tiempo en el patio,
aunque Maca no parecía demasiado celosa. “Es como una vidriera- me dijo una
vez- Se mira y no se toca”. De noche salía solo para ver si colgaba algo extra,
aunque no lo hacía, entonces encontraba muchas ventanas con luces, gente
cocinando, mujeres planchando y discusiones entre marido y mujer. Un bigotudo
que llamé Carlos, no me pregunten porqué, salía a fumar cigarrillos por la
ventana de un séptimo piso, o le habían prohibido el faso y no quería que lo
descubrieran fumando o era un loco por el aire frio de la noche.
Maca había dejado de trabajar a los tres meses de embarazo y
si bien el bebé le llevaba mucho tiempo y atención, aún le sobraba tiempo para
la casa, las compras y la cocina. Le gustaba mucho cocinar. Por las noches yo
disfrutaba de sus platos, deliciosos, hasta el aire que enmarcaba las ollas y
sartenes era para comerse. Antes que
naciera Eze ella había recorrido la ciudad buscando especias y raíces que ahora
usaba mezclando y probando, siempre rico, no importaba que fuera algo simple. Las
comidas tenían su toque especial, algo que solo le pertenecía a ella. Así que la cena era un momento de disfrutar
para los dos, yo me olvidaba por completo de todo, de los problemas, de lo mal
que me hubiera ido en el trabajo, o lo bien, el trabajo quedaba atrás y
podíamos hablar de nosotros dos, relajados, con una buena botella de vino si se
podía y de lo contrario no importaba, lo bueno era estar juntos. Hablar de
planes, de sueños y mirarse a los ojos y sentir el aroma de la comida al
llevarla a la boca. Las noches eran generosas con nosotros.
Sin embargo hubo una diferente, mala.
Apenas empezando los preparativos de la cena.
-Algo se mueve cerca de la bolsa de papas.- Me dijo Maca
asustada y nerviosa.
-Debe ser una laucha, o una rata.
-Andá y fijate.- se echó aún más para atrás. Sus cabelos
cortos me pareció que se ponían de punta.
Al principio no vi nada, pero cuando le pegué una patada a
la bolsa aparecieron unos pies y luego la figura de un hombre, se levantó y
salió del agujero hasta quedar muy cerca de mí, apenas un metro. Me tiré
instintivamente hacia un costado contra la pared. Era alto y de pelo rubio, probablemente
tendría más de treinta años. Estaba mal vestido para mi gusto.
-¿Qué querés?
No respondió. Se quedó parado con un dedo en la boca, casi
sonriendo y con la mirada perdida hacia arriba. No era una mirada pasada de
droga, esa la conozco, ésta era…cómica. Como de un chico jugando a la mancha.
-¿Qué querés? ¿Qué hacés acá?
Se quedó quieto y sin responder por unos segundos, mirando
en diferentes direcciones, siempre con la misma mirada entre graciosa y
extraviada, aguardando, como si hubiera despertado de un viaje muy largo, sin
saber en qué aeropuerto había aterrizado.
-¿Me creerías si te dijera que no lo sé?
No respondí. Pensé que estaba loco, y no supe cómo seguir o
qué hacer.
En ese momento se empezaron a escuchar gritos y gente que
corría por los techos. El extraño se asustó y la cara le cambió despertando
desde el sitio donde había quedado, me miró y empezó a sudar. No podía creerlo,
nadie puede empezar a transpirar tan rápido. Voces, gritos y más pies en
carrera.
Se metió en la casa atropellando todo a su paso, tropezó con
las banquetas y las pateó lejos, tiró un florero al entrar al comedor. En ese
segundo Ezequiel empezó a llorar y él siguió el sonido con la vista, se dirigió
allí con tres pasos largos, yo grité. Maca gritó. Su “NO” le brotó desde las entrañas. Pensé
que el hombre se iba a tirar atrás de la cuna tomándolo como rehén y luego a
nosotros, una mano en su bolsillo. Sacaría su arma. Tal vez nos golpearía, tal
vez llegaran más extraños, tal vez nos mataran.
Nunca había sentido tanto miedo tan rápido.
Pudo haber sido el grito de Macarena o la vista del bebe
llorando o la cuna hecha a mano con sus
juguetes o miedo. O remordimientos.
Sus pasos retrocedieron volviendo a golpear las cosas al
pasar, el teléfono cayó al piso y amagó a levantarlo pero no lo hizo, luego corrió
hasta el patio conmigo detrás. Allí no había nadie pero al subir los primeros
escalones otro hombre saltó del techó de mi cocina y quedó de pie con las
rodillas flexionadas. Era grueso hasta en los tobillos y de espaldas anchas,
pelo muy oscuro y los ojos vidriosos. Se puso de pie, en un acto tonto yo me
adelanté tapando la entrada hacia las escaleras para permitirle escapar. No sé
por qué lo hice. Esos segundos le dieron al extraño el tiempo necesario para
echarse a correr hacia la terraza y los demás techos, el otro me empujó con
fuerza contras las estanterías de las que cayeron frascos de clavos que se rompieron al tocar el suelo, yo caí contra
ellos, el segundo hombre se fue detrás
pero había perdido la sorpresa y la ventaja. Me levanté y entré a la casa.
Macarena empezó a preguntar.
-Qué…-
No le di tiempo.
Esa noche hice varias cosas que nunca supe explicar el
motivo o qué me impulso a hacerlas. Como haber tomado las llaves y salir
corriendo hacia a la calle. Me encontré con que había mucho tránsito y gente parada que miraba hacia arriba, seguí
sus miradas y descubrí a los dos hombres que entraron en mi casa y a otros que los seguían corriendo
por detrás. Apenas tomé aliento saltaron desde los paredones descascarados de
mi vecino hasta las veredas rotas y salpicadas de agua. El perseguido logró un
par de segundos extras y salió disparado hacia la esquina, serían unos veinte metros, dobló y luego todos se perdieron con él. No reaccioné de
inmediato. Me quedé respirando el aire helado, mirando mi pantalón roto que me
había salvado la carne de los vidrios rotos del patio, tengo el pelo corto y
mis dedos hicieron un esfuerzo en peinarlos,
luego caminé hasta la esquina y doblé en la misma dirección. No había ni
rastros, proseguí hasta la siguiente esquina pero no vi nada más. Así que volví.
Un par de carteles luminosos titilaban por los tubos gastados, sucios azules
que iluminaban poco y nada pero eran negocios que conocía de memoria así que ni
me molesté en mirar. Atrás quedaron el kiosco de Roly, la panadería “Los
naranjos” y luego la ferretería sin nombre. Era solo “Ferretería”, de cartel
metálico amarillo, que alguien me explique porqué les gusta tanto ese color a
los ferreteros. Los árboles estaban pelados y las únicas visitas que acudían a
ellos eran los perros de la calle, abundaba la basura y las baldosa rotas. El
asfalto de la calle no estaba mejor. Pero era mi calle y mi barrio y pese a
todo, lo quería.
Me faltaban pocos metros para el pasillo, a mis espaldas sentí
otra vez los gritos con las mismas voces, me di vuelta para encontrarme con
todos a la carrera. Me pasaron en un segundo, esta vez no perdí tiempo y los
seguí, una cuadra, a la derecha, otra más y a la derecha, dos más y a la derecha.
Me llevaban como cien metros de distancia cuando pude ver que por fin lo
atraparon, alcancé a ver el lugar en que se metieron. Al llegar al sitio,
encontré que la puerta estaba abierta y pude oír los insultos y más gritos.
Respiré profundo y entré.
Era un gran quincho con la parrilla al fondo, algunas mesas
y sillas y adornos de campo en las paredes, un techo de ladrillos rojos a la vista y nada
más. Las puteadas venían desde una habitación a la derecha, a la que se entraba
por una abertura sucia y de paredes agrietadas. Lo peor siempre viene desde la
derecha, pensé.
-Vos te creías hijo de puta que te ibas a salir con la tuya…
Estaba acorralado contra una pared con cinco rodeándolo, ya
tenía la camisa rota y le faltaba una zapatilla
-¡Dáme la guita puto! Voló una trompada hacia su cara, no
alcanzó a decir nada. Otro le pegó en el estómago pero no cayó, solo se dobló.
-¡Ya!
-No…No la tengo.
El primero le pegó con fuerza en la cara y luego en la ingle
hasta tirarlo al piso. Luego los demás lo siguieron, pateándole el cuerpo en
todos lados y puteándolo.
-¡La concha de tu madre, te vamos a sacar la guita reverendo
hijo de puta! Zorete y la puta que te pario… ¡Tomá!
Los otros repetían como en un coro, excitados, hambrientos.
Cada patada era una tira de asado y un vaso de Coca con Fernet, cada puteada un
vaso más de vino. Después de la tercer patada ya ni siquiera podía gritar,
ellos continuaban pateando y escupiendo y el cuerpo, o lo que fuera, se movía más por la patadas que por el dueño,
la sangre empezó a manchar todo el piso. Salía de todos lados, roja y sucia
como en un matadero. Volaron sus dientes con pedazos de boca, un olor a inodoro
repleto, a vomitada aún caliente empezó a llegarme desde el rincón. Pobre tipo…
La imagen era cada vez más desagradable, de locura y sangre.
Olores punzantes.
Llegué a imaginarme la escena como una comida gigantesca, una paella enorme, como las que
veía en el puerto de Mar del Plata para el día del pescador, de arroz amarillo
y picantes rojos de sangre, cubierta de trozos de carne humana en vez de bichos
del mar. De sabor dulce por la sangre pero amargo por excrementos. En la
paellera se abría su cuerpo, salían sus entrañas, la sangre, los colores.
La imagen me produjo tanto asco que tuve que salir
corriendo, corrí hasta que no pude más, y en un árbol cualquiera vomité hasta
lo que no tenía. Luego volví a casa caminando despacio, sin nada en la boca ni
en la cabeza. Vaciá. Con frío.
No sé cuánto tiempo transcurrió hasta que entré en el
departamento, aún sentía el estómago al revés. La cara de Macarena era de
miedo, sin color.
-¿Qué pasó?-
-Nada, no lo sé. No los alcancé- Y me fui a buscar los
sueños de Ezequiel.